Hace unos días el New York Times publicó una nota del psicólogo Adam Grant que intenta ponerle nombre a un estado emocional que nos afecta a partir de la pandemia. Lo define con la palabra languidez, una de esas palabras que casi no usamos y que significa flojedad y decaimiento. 

En la literatura romántica del siglo XIX se hablaba de languidecer. La mirada lánguida de la seductora, la actitud lánguida de alguien reclinado en un sofá, y también la languidez de alguien enfermo y débil.

Grant lo describe así: “Se siente como si uno estuviera pasando los días sin rumbo, mirando la vida a través de un parabrisas empañado. Una sensación de estancamiento y vacío”. Pero además afirma que con el tiempo ese estado puede llevar a un cuadro de depresión.

El artículo de Adam Grant ha sido retomado por varios periodistas que pusieron el acento en alertar a la comunidad de que la languidez puede ser el camino hacia una depresión severa.

Y aquí viene mi preocupación. La depresión es el resultado de interacciones complejas entre factores sociales, psicológicos y biológicos. Y, sin duda, las circunstancias adversas como el desempleo o las experiencias traumáticas o esta misma pandemia, pueden ser el disparador de esta enfermedad. Pero no son la causa.

Cuando pensamos la languidez como una consecuencia de la pandemia, estamos hablando de un factor externo que produce desmotivación en personas sin predisposición a la depresión.

Digo esto porque me parece peligroso confundir un estado que es consecuencia de una crisis mundial con una patología específica. Definirlo como una amenaza va a sumarse a la angustia de cada uno, si empezamos a creer que podemos estar incubando una enfermedad mental grave como es la depresión. 

Pero entonces, ¿a qué podríamos llamar languidez? Quizá sea sólo un conjunto de sensaciones y emociones variadas agrupadas con un nuevo término.

Languidez puede ser esa inercia que nos hace quedarnos viendo una serie vieja o poco interesante hasta la madrugada, aunque tengamos que trabajar al día siguiente. O la necesidad de jugar jueguitos con el celu sin registrar el tiempo que pasa y a las personas que nos rodean. Quizá no poder dormir o no poder levantarse. Quedarse en piyama todo el día. Son situaciones inquietantes para nuestra vida interior y para nuestras formas de relacionarnos, pero no se pueden definir como depresión.

¿Y cómo fue que llegamos a este estado? Durante el primer año generamos rutinas, nos acostumbramos, pero al ver que la pandemia continuaba fuimos perdiendo la ilusión, las ganas, la motivación. Ahora nos cuesta más concentrarnos, se nos acaba el entusiasmo y perdemos energía. En este segundo año estamos más agotados, entregados, cansados de la vida que nos toca llevar. 

Todavía angustiados pero más resignados, nuestros días transcurren entre el agotamiento y el aburrimiento. Y en esos momentos en que sentimos que nada vale la pena, nos cuesta darnos cuenta de lo que valemos. Así es como junto con la desmotivación se nos tambalea la autoestima.

Y me viene otra palabra que se usa poco: desasosiego. Un estado de inquietud, ansiedad, malestar. Nos sentimos incómodos y no sabemos bien hacia dónde ir. Los franceses usan un término original. Dicen estar déboussolé. Si la boussole es la brújula, estaríamos desbrujulados…

En realidad el “estado covid” se parece más a un duelo genuino por lo que estamos perdiendo. Tiempo de vida, crisis laborales y económicas, tranquilidad, seguridad. Y en algunos casos a un ser querido.

Y los duelos normales no son depresión. Son el reconocimiento de una pérdida que vamos a tener que elaborar. Y eso requiere tolerancia con uno mismo y con los otros, permiso para aflojar, acompañarnos en este sentimiento. Así, sin prisa pero sin pausa se van procesando los micro y macro duelos.

Tranquilos gente, esto es muy duro de pasar, es difícil, duele, da miedo pero no nos condena a la enfermedad mental.

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