Un antiguo relato oriental cuenta la historia de dos vecinos que rivalizaban en todo, se controlaban de reojo día tras día, padeciendo cada uno por lo que el otro lograba. 

Un día cualquiera, uno de ellos encontró en el sótano de su casa una vieja lámpara de aceite, como aquella del cuento de Aladino, y, al comenzar a frotarla para dejarla brillante, se le apareció un genio y le dijo: “Pídeme todo lo que quieras y te será concedido”. El hombre, maravillado, comienza a enumerar: poder, dinero, mujeres, viajes… En ese instante, el genio lo detiene: “Ah, me olvidaba de un pequeño detalle que en realidad no te afectará, pero es justo que lo sepas. De cada cosa que me pidas y te otorgue, a tu vecino le daré el doble”.

La envidia pudo más, y luego de algunos segundos de reflexión el hombre dijo: “Entonces te voy a pedir una sola cosa: quítame un ojo”.

La envidia no es el deseo de tener o compartir un bien que otro posee, sino la necesidad de destruirlo para no sufrir por su falta. Y es por eso el sentimiento que nos aleja irremediablemente de lo que más deseamos.

Solemos creer que envidiamos el poder, el dinero, la belleza, el talento o un auto de lujo. En realidad, a través de sus diferentes disfraces, el trasfondo de toda envidia es hacia la libertad del otro.

Esos objetos o bienes que anhelamos rabiosamente, nos hacen sentir que el otro es más libre. Ya sea la belleza de una mujer, el dinero necesario para viajar, o el poder para manejar situaciones diversas.

La trampa mortal reside en que, desde el momento en que comenzamos a envidiar, estamos prisioneros. No hay nada que nos haga sentir más “atornillados” a nuestra vida que el sentimiento de envidia.

Y sin embargo, la libertad es, al fin y al cabo, lo único digno de ser envidiado.

Paradójicamente, la envidia nos hunde en la miseria emocional.

Envidiamos la creatividad de los otros cuando nos enfrentamos a nuestra falta de creatividad. Pero en un círculo vicioso, la envidia nos condena al lugar de envidiosos.

El camino que nos libera es el que nos permite tomar de los otros aquello que sí se puede dar, recibir y compartir: las buenas ideas. Por eso el recurso para procesar la envidia es la voluntad de aprender de aquel que tiene lo que nos falta.

Otras veces nos preocupa más la envidia ajena que la propia, y nos preguntamos cómo protegernos de los ataques de nuestros colegas o compañeros de trabajo. Claro que hay envidiosos incurables que sufren de esa tortura emocional y no es fácil liberarnos de la pesada carga que representan para nosotros. Sin embargo, cuando estamos dispuestos a compartir nuestros conocimientos, trucos y recetas, nos suele sorprender la gratitud y el afecto que recibimos a cambio. La relación se destraba, aparecen el humor y las pequeñas confesiones: “Siempre me pregunté cómo te las arreglabas para que las cosas te salieran así”, “Ahora entiendo cómo te alcanza el tiempo para todo”, “Nunca me atreví a preguntarte, pero ¿me podrías decir dónde comprás esa ropa?”

Si el alivio para la propia envidia es aprender de los otros, el antídoto para la envidia ajena no es otro que enseñar.

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