Es frecuente en estos días que muchos se sorprendan de estar teniendo más sueños que nunca, algunos hasta cuentan que es la primera vez que tienen sueños tan vívidos y que además pueden recordar al despertarse. 

Y parece ser que esto es producto del encierro. Que el confinamiento, con mucho menos actividad física, ha generado una explosión de sueños y pesadillas que se vivencian, se cuentan, a veces se comparten. Nos visitan los fantasmas, en estas noches en las que estamos tan dormidos, despiertos e insomnes.

Dormimos distinto porque estamos preocupados, ansiosos, asustados, limitados. Pero además soñamos más. Desconcertados, cada uno lo explica o se lo explica como puede, sin saber que hay una razón neurológica y psicológica de esta abundancia y florecimiento de sueños y pesadillas.

Para comprender este fenómeno debemos saber que nuestro sistema de funcionamiento mental transcurre entre dos polos: un extremo sensible o polo perceptivo y un extremo motor que nos lleva al movimiento y al desplazamiento. 

El extremo sensible es el encargado de recibir las percepciones sensoriales y de archivarlas en la memoria. El extremo motor se encarga de decidir el acceso a la acción.

Cuando estamos despiertos la dirección de la corriente va siempre del polo perceptivo al polo motor. Miro, escucho, me informo de la realidad y a partir de allí inicio un recorrido que me lleva a decidir y actuar.

Por el contrario, cuando dormimos la salida hacia la acción está desactivada ya que estamos acostados y relativamente quietos.  

En esos momentos se invierte el flujo que iba de la percepción a la acción y la mente regresa hacia el polo sensorial activando las huellas de la memoria.  

Allí se encuentra con vivencias inconscientes, experiencias y traumas del pasado, recuerdos infantiles y emociones reprimidas.

Y esas experiencias, que alguna vez fueron imágenes visuales y coloridas, y que cuando las contamos son sólo palabras, vuelven a ser imágenes, y además ahora mezcladas y distorsionadas como en un cuadro surrealista.

Y en el confinamiento, la dificultad para llevar a la acción nuestras decisiones e intenciones potencia la misma forma de contracorriente. 

Ya en la vigilia se produce una dirección regrediente. Las huellas de la memoria se ponen en juego y se activan los recuerdos. Pensamos mucho en el pasado, en los que no están, a veces rescatamos viejas fotos, volvemos a leer libros que nos marcaron alguna vez.

Detener el movimiento y la acción, nos lleva por momentos a soñar despiertos, imaginar, fantasear, crear.

Y esto tiene que ver con la restricción de desarrollar actividades en el afuera, movernos en el mundo e interactuar con otras personas. 

Estamos privados o limitados de todos esos input y, por lo tanto, la mente tiende a potenciar el recorrido regresivo. Inundados de estímulos visuales durante el día, videoconferencias, series y películas, nutrimos nuestro sistema alucinatorio. 

Pero a la noche, cuando se refuerza en el dormir el cierre del camino hacia la acción, el reflujo se produce hacia el inconsciente y soñamos con sueños más intensos y complejos, acompañados de un efecto de extrañeza. 

Los pensamientos y las palabras vuelven a tomar la forma de imágenes. Esas que alguna vez fueron vivencias. 

Este es el misterio de los sueños que siempre nos sorprende y que los humanos tratamos de interpretar y comprender. Por qué soñamos, para qué soñamos.

Desde la antigüedad, las diferentes culturas se interesaron en los sueños, ya que originalmente se los pensaba como premoniciones o predicciones acerca del futuro de las personas o los pueblos. 

Parte de ese pensamiento mágico persiste hasta la hoy en la idea de que ciertos temas que aparecen en los sueños serían indicaciones para jugar determinado número de la lotería, o en la creencia de que soñar con la muerte de alguien le alarga la vida.

Pero resulta que el soñar tiene una utilidad, tanto respecto del pasado como de la actualidad. Los sueños repetidos sirven para elaborar ciertas experiencias traumáticas infantiles. Son terapéuticos en sí mismos.

Además los sueños cumplen la función de procesar en forma espontánea conflictos y preocupaciones actuales. Por eso no es extraño que al despertar encontremos la solución de un problema que nos desvelaba el día anterior.

El sentido del soñar es también poner a la persona en contacto con sus necesidades y deseos más profundos, y a partir de allí poder encaminarse hacia sus proyectos y ambiciones con la seguridad de saber mejor lo que quiere.

Pareciera que en estos momentos de incertidumbre necesitamos soñar más como intentos de procesar lo extraño, inexplicable, inquietante que nos resulta este escenario inédito.

Pero los sueños no son fáciles de descifrar por quien los sueña, por eso muchas veces los contamos a personas que nos conocen para que nos ayuden a entenderlos. Además al retomar el camino de ponerlos en palabras podemos comunicar y compartir todo ese mundo visual que nos visita por las noches.

Cuentan que en los países árabes las mujeres se cuentan los sueños por las mañanas mientras se ocupan juntas de las tareas de la casa. Por eso no nos sorprende que hoy, conviviendo en pareja, en familia o solos nos surja la necesidad y la ocurrencia de contarle a otro: “¿Sabés qué soñé anoche?”.

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