Con frecuencia el pensamiento científico suele atribuirse verdades reveladas, instalándose en un soberbio dogmatismo que nos hace creyentes de determinadas teorías y guardianes de la supuesta objetividad de nuestros conocimientos.

Lo descubrí a poco de recibida y de un modo gracioso. Inocencia y arrogancia de una joven médica, hoy lo cuento para reírme de mi ingenuidad y de cómo nos engaña la necesidad de certezas.

Un día mi hija, que por aquel entonces tenía cinco años, la edad en que todos los chicos intentan entender de dónde venimos, me preguntó muy seria: “Eso que me contaron en el cole que los primeros hombre y mujer en la Tierra fueron Adán y Eva, ¿es verdad?”.

Orgullosa de mi pensamiento racional, científico y laico, le informé que lo de Adán y Eva era una leyenda y, con el respaldo de Darwin, me extendí en una explicación compleja acerca de la evolución de las especies. Pareció convencida y me quedé tranquila de haberle hecho comprender mi posición.

 Al año siguiente, Lorena jugaba en el suelo con sus muñecas cuando el hermanito, que había llegado a su vez a los cinco años, retomó la inquietante pregunta: “¿Mamá, vos crees en eso de Adán y Eva que me contaron unos chicos?”.

Intenté iniciar nuevamente mi discurso acerca de Darwin, cuando mi hija con aires de superioridad respondió por mí: “No, tonto, ¿no sabés que ella cree en los monos?”.

Allí comprendí, con espanto, que mis certezas científicas eran tan frágiles y a la vez tan rígidas que las creía verdades. ¡Yo creía en los monos!

Y no sólo eso, sino que me di cuenta de los riesgos de intentar adoctrinar a los niños, como una forma de violencia que bloquea la mente. Y lo mismo nos pasa a los adultos, porque sin flexibilidad y apertura a lo diverso, el conocimiento se hace fe.

Los humanos tenemos la necesidad emocional de sentirnos seguros y precisamos construir verdades definitivas. Pero la ciencia es compleja y a veces incierta, siempre investigando y desaprendiendo. La decepción que genera esta incertidumbre nos hace sentir desprotegidos y quizás esto explique el auge de las pseudociencias que difunden «certezas» y promueven la negación de los riesgos, la adicción ideológica o simplemente el engaño. De ese desamparo también se benefician los modelos fundamentalistas de pensamiento que capitalizan nuestra vulnerabilidad.

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